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domingo, 25 de marzo de 2012

vegan Glatina

En mis tiempos de estudiante, al cursar las materias de biologia celular usábamos un polvito proveniente de un alga con el cual armabamos una gelatina y sobre ella crecian las bacterias. Quedaba como gelatina. Esa alga se llama agar-agar (que en malayo significa "jalea") y se consigue en los mercados del barrio chino y quizas en las dieteticas.

Siempre me gustó la gelatina, sin embargo no me resultó simpático conocer el origen de este postre. La gelatina animal se obtiene a partir del colágeno (una proteína) procedente del hervido de los despojos de los animales (huesos, cuero, piel, pezuñas, etc). Al ser una proteína, la gelatina animal es un buen alimento ya que nos aporta aminoácidos. Sin embargo, no estoy segura que las gelatinas que venden para preparar en cajita tengan gelatina animal. Cuando leí la formulación química del postre que se compra para preparar y vi que era puro químico y mas bien del sintético.

¿queda alguna opción saludable para comer gelatina?

Si!

Siguiendo el rastro del agar-agar y teniendo conocidos que son veganos (vegetarianos extremos que no consumen nada que provenga de un animal) dí con una sencillísima y riquisima forma de continuar dándome panzadas de gelatina y ahora también compartiéndolas con mi cachorro.

El agar-agar, a diferencia de la gelatina animal, nos aporta polímeros de galactosa (un monosacárido) y oligoelementos minerales como calcio e hierro.

Es tan fácil como poner una cucharada de agar-agar (10g aprox, yo uso el que viene en polvo) en tres cuartos litros de agua y lo pongo a calentar. Por otro lado, licúo la fruta que quiera (o la exprimo, al fin de tener un zumo de fruta) y a esto le agrego un cuarto litro mas de agua. Si la querés más dulce le agregás azucar. También le podes poner trozos de frutas. Luego mezclo los dos preparados y dejo reposar. En menos de dos horas tenes una riquisima gelatina vegetal.

La primera que hicimos fue de durazno y duró apenas un día!


lunes, 30 de enero de 2012

hammmmmm.... que rico!!!!

Hace un tiempo atrás, cuando tuvimos la consulta con la pediatra del cachorro a los seis meses, nos dió un papel en donde estaba la guía para introducir alimentos sólidos y algunas otras recomendaciones. Algo de esto lo había contado en comida no-ñuñu.

El papel nos indicaba que a los seis meses hay que darle un puré de calabaza con zanahoria, bien pisado, sin sal y con una cucharada de aceite. De ahí en adelante continua dando recomendaciones sobre a que edad es recomendable dar tal o cual comida. Y agregar la cantidad de vitaminas por día y otras recomendaciones mas, siempre teniendo en cuenta la edad del cachorro.

Pero a los seis mese mi cachorro no tenía dientes, no se emocionaba por la comida. Si se mantenía sentado erguido. Decidimos esperar a que fuera él quien se acercara a la comida, que intentara él comer algo. No tardó mucho, al mes siguiente, ya con la salida de sus primeros dientes comenzó a mostrar una marcada predilección por todo aquello que nos lleváramos a la boca. En mi cabeza algo quedaba de aquello que estaba en ese papel del centro pediátrico sobre cuáles eran los alimentos por los que comenzar. Pero en el papel no había una explicación que justificara el orden ¿por qué primero calabaza y no zapallo o remolacha o manzana? ¿por qué puré, no vale un trocito de banana o un gajito de naranja dulce?. Por eso seguimos más a nuestro instinto y de a poco le fuimos ofreciendo trozos de frutas para que los probara y degustara a gusto. Claro, nos enchastró todo, pero fue un encuentro muy amable y feliz.



Así fuimos siguiendo, un poco con instinto y otro poco por haber releído el papel de la pediatra y haber buscado algo de información. Primero frutas y verduras, con algunas excepciones, luego algunas harinas sin gluten, luego cosas con gluten... Le dimos su primer puré de calabaza, lo dejamos que juegue a su antojo. Total, sigue a ñuñu y de ahí se alimentar bien. Al ir dándole comidas vimos que si le dábamos pedazos pequeños pero no hechos puré en el puré, los separaba. Sin embargo, al dárselos enteros (por ejemplo, zapallito) los comía sin ningún problema.

Ahora seguimos recorriendo ese camino de descubrir junto a él que texturas le gustan, qué sabores prefiere. Mas o menos tenemos los claros los horarios en los que suele tener hambre. Así tiene su primer desayuno, su segundo desayuno, el almuerzo, la merienda, la cena y el ñuñu de la noche, parece un hobbit, ja.

En la visita a la pediatra a los ocho meses, me preguntó si ya comía dos comidas. Y yo con mi sinceridad a toda costa, y sabiendo que eso de comer no es tan así, a veces son juegos con la comida, o algunos bocados y ya quiere ñuñu le dije que sí y que seguía con pecho a demanda. Entonces la pediatra me dijo que el pecho dos veces por día ya, que de desayuno y de merienda. Y me colmó. No sé qué más me dijo, ya no la escuché. Al cachorro le gusta mi ñuñu, yo tengo ganas y tiempo para poder ofrecérselo sin problemas ¿por qué cortarlo o condicionarlo?. Recién ahora tiene tres dientes. Para él la comida está en etapa de juego, esta aprendiendo a veces come mucho otras veces poco y nada. Así como yo misma aprendí a no regirme por los horarios y tonteras que me habían dicho las puericultoras de la clínica, y darle pecho cuando él lo demandara, lo mismo estoy haciendo con la comida. Ahora estoy en la disyuntiva de mentirle a la pediatra o cambiar de pediatra.

Hoy salimos a comer afuera, porque era el cumpleaños de mi amigo P. Yo comí una ensalada fría con fideos, el cachorro había comido algo antes de salir. Al verme comer pidió comida, le convidé lo que tenía en el plato y que él pudiera comer. Se quedó tranquilo. Creo que esto es mucho mejor a llenarlo de pan o de galletitas. Soy cuidadosa con lo que le doy, no quiero que se atore pero también se que es bueno que aprenda a masticar. No busco causarle una alergia alimenticia, por lo que me fijo a partir de qué edades darle cada cosa para evitar problemas de digestión. No quiero causarle caries o algún otro problemilla, por lo que soy cuidadosa con la cantidad de azúcar, harina, y otras cosas que le doy.

Todas mis intuiciones se aclararon y calmaron cuando hace un tiempo, por esas cosas de la red virtual, me llegó un video de una conferencia breve del pediatra español Carlos Gonzalez y justamente en él habla de estas cosas.

                          

Carlos Gonzalez tiene varios libros interesantes, uno de ellos es "Mi niño no me come" y recordé que lo tengo en pdf se los paso por si les interesa (descargar).

Bueno, hasta ahora venimos así, el pequeño cachorro disfruta de mis locuras culinarias y prueba cous-cous, humita, quinoa, sopas varias, guisos de arroz, lentejas turcas o coral, tomate seco, polenta con verduras, frutas a su antojo, galletitas de algarroba, pasta de sésamo y hoy., ya casi con sus diez meses... ¡ravioles de verdura! todo un bebé gourmet.


Así estamos bien, él mastica chocho de la vida. Hasta le ha robado una mazorca de choclo a su abuela! Crece, está sano y estamos todos comiendo en paz, tranquilos.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Dientes y algas

Cuando el cachorro cumplió los seis meses, su pediatra nos dió las indicaciones para comenzar a darle de comer. Aún no tenía dientes. Recién comenzaba a mantenerse sentado solito. La maduración del sistema digestivo es un proceso. El cachorro venía probando los jugos de algunas frutas, pero después de eso estaba solamente con mi leche, a puro ñuñu. Decidimos esperar para darle su primer bocado sólido. ¿cuánto esperar? no sabíamos.

En la siguiente visita, la de los siete meses, la pediatra consultó sobre cómo iba la alimentación. La sorpresa fue mutua. Ella se sorprendió cuando le dije que aún no habiamos comenzado a darle sólidos. Y yo me sorprendí cuando me dijo "está bien, hasta los nueve meses se puede esperar sin problemas", sin ningún sobresalto.

En esa misma semana el cachorro estaba irritable, nada lo conformaba, lloraba por todo... fue una semana dura. Solamente se calmaba cuando le dabamos algo para llevarse a la boca.

Hace unos meses atrás estuvimos en el sur de Chile, ahí conseguimos algo que estábamos buscando. Bueno, buscar es una forma de decir, porque no lo intentamos conseguir por acá porque sabíamos que lo podiamos hallar facilmente en Chile. El pueblo quechua la llama cochayuyo (planta de mar), mientras que en mapudung es coyofe o kollof. Nos trajimos algunos atados de cochayuyo seca, un alga (Durvillaea antarctica) de los mares del pacífico del sur que tradicionalmente la utilizaban las culturas originarias para comer y también para calmar los dolores de esta etapa de los bebés.


Se que en esta era de la industrialización y el comercio global hay miles de opciones para que los bebes calmen sus dolores de encias con mil y un mordedores (los que se congelan, los de silicona, finitos, gruesos, con relieves, con dibujitos, de colores...), sin embargo cuando nos enteramos que el pueblo mapuche utilizaba trozos de esta alga nos pareció super!

Como es un alga de gran tamaño y de interior aireado, no hay que preocuparse porque se la trague, al secarse es dura, pero a medida que se va mojando se vuelve flexible y gomosa, imposible de quebrarse!

A medida que el cachorro la va mordisqueando y chupando, esta alga se va hidratando. Al hacerlo desprende oligoelementos y minerales (calcio, magnesio, potasio, yodo, hierro), que son importantes para la mineralización de sus dientes y huesos. Además, las partes internas del alga van desprendiendo fibra que facilita el tránsito intestinal. Todo esto pasa mientras el cachorro se queda largo rato entretenido y tranquilo, ya que la picazón o dolor de sus encías desaparece.

Sencillo, porque solamente hay que lavarla y ya la puede usar.
Reutilizable, porque cuando se seca se puede volver a usar.
Natural, es un alga!

Algunos me decían que el problema era el olor que dejaba en los bebés. Pero a mi no me pareció que fuera terrible. Apenas si se siente. Y lo mejor, salieron los dientes y Sachayoj se calmó :)

lunes, 21 de noviembre de 2011

Compras, consumo, comida

Fui vegetariana de las estrictas durante... 15 o 16 años. Ahora soy naturista, o sea, cada tanto como pollo o pescado.

Siempre me pregunte de dónde venía la comida que compraba, quién la hacía y cosas así. La comida que yo me concino es más sabrosa, estoy tanquila que sé que le puse. Pero... ¿y el pollo que compro, crece libre y feliz en un gallinero al sol comiendo granitos? Quien sabe... bueno, averiguando se sabe y es triste.

Pero hay opciones, se puede ser consumidor conciente. Ya les pasaré los datos de varios lugares. Por ahora, les copio una nota de la revista de Pagina 12, RADAR

"El almuerzo desnudo"
Domingo, 13 de noviembre de 2011 - Por Soledad Barruti

¿Por qué los pollos tienen olor a lavandina y sus huesos se parten como si nada? ¿Cuántos peces mueren por cada plato de sushi? ¿Qué hay dentro de ese impoluto vaso de leche blanca? ¿Por qué todas las hamburguesas tienen el mismo sabor? ¿Sabía que cada vez menos chanchos tienen cola de rulito? ¿Por qué se suicidaron 200 mil agricultores en India? ¿Cuál es ese ingrediente fantasma incluido en el 75 por ciento de los alimentos procesados? Los alimentos y la alimentación es probablemente el tema en el que confluyen casi todos los problemas relevantes del mundo: la corrupción, la experimentación científica, la fuerza o debilidad de los Estados ante las corporaciones, la ecología y la salud de la población mundial. Por eso, son cada vez más los libros y documentales que echan luz sobre ese oscuro entramado que hace de cada plato de comida un expediente X. Radar vio y leyó buena parte de ellos y ofrece una guía y algunas respuestas.



El 31 de octubre, Naciones Unidas ungió con el título Ser Humano 7 mil millones a Danica, una bebé filipina. El nombramiento fue por supuesto simbólico: la persona 7 mil millones podría haber nacido bastante antes en una clínica privada, en un hospital público o en una carpa improvisada en las arenas ardientes del desierto africano. En un Estado en guerra o en una democracia reciente. Puede también estar por nacer y saltar inmediatamente al olvido desde el grueso margen de error sobre el que se sostiene este mundo superpoblado. Como sea, el número al que llegó nuestra especie alarma y vuelve la atención sobre cuestiones que van del azar de un nacimiento acontecido en una determinada coyuntura política al bochorno colectivo de un sistema mundial en crisis donde el acceso a la comida y su calidad ocupan el centro de la escena. ¿Estará el ser humano 7 mil millones del lado de los 925 millones de hambrientos que hay según datos de la FAO (Organización mundial de alimentos)? ¿O crecerá hasta volverse uno de los 1500 millones de obesos que estima la ONU habrá para el 2015? ¿Tendrá la mejor de las suertes y será de los que eligen qué y cuándo comer y qué arrojar a la basura, participando del descarte anual de 1300 millones de toneladas que van al tacho, también según la FAO? Y la última: incluso si perteneciera a la franja acomodada, comiendo lo que se come en las grandes ciudades, ¿estaría a salvo?

Teniendo en cuenta que en la actualidad se producen alimentos para que coman 12 mil millones de personas, la comida no tendría que ser un tema. Y sin embargo cada día lo es más. Al margen del fenómeno “gourmet”, la problemática sobre la comida se ha ido complejizando hasta volverse un género de denuncia en sí mismo, al que se vienen dedicando desde activistas hasta periodistas, estrellas de Hollywood, políticos, documentalistas y escritores. En este sistema de producción intensiva hay material para variados intereses: especulación financiera, experimentación biológica, expulsión de pueblos enteros del campo a la pobreza, acopio global de tierras y semillas por gigantes multinacionales, polución, envenenamiento, hacinamiento y tortura de millones de animales; enormes negociados para pocos y un “consumidor” que no tiene idea de qué es lo que se lleva diariamente a la boca.

ESA MALDICION LLAMADA SUSHI

Nada es lo que era. Ni una manzana, ni un vaso de leche. Pero tal vez (quitando el complejo universo de los granos) sea el pescado el alimento que mejor ejemplifique cómo ha cambiado todo.

El salmón es un plato paradigmático: si bien sigue figurando entre los gustos más exquisitos, su consumo se extendió desaforadamente en los últimos años, impulsando la aparición de numerosos bolichones de sushi en casi todas las ciudades del mundo. Este boom ocurrió irónicamente al mismo tiempo que los pescadores locales denunciaban que volvían a la costa con sus redes vacías y los mares eran declarados ecosistemas en crisis. ¿Cómo puede ser que un recurso que escasea y se denuncia en extinción se popularice y disminuya su precio al mismo tiempo? En primer lugar, las megaempresas pescadoras aumentaron el pique doblando la apuesta. Sus barcos adquirieron el tamaño de un estadio, se equiparon con computadoras, rayos infrarrojos y comunicación satelital para detectar a sus presas. Sus bocas de red cuentan con la capacidad para meter adentro trece aviones intercontinentales. Como si con eso no bastara, también se usa cada vez más el sistema de pesca de arrastre: una especie de arado con el que barren el fondo del mar removiéndolo todo y llevándose peces de consumo, especies exóticas que no sirven de nada, delfines, tortugas, aves marinas, corales y millones de etcéteras que después, como no se pueden vender, son devueltos muertos al mar.

Los pescadores locales, sin posibilidad de competencia, se tienen que mudar a las ciudades o emplearse en las empresas que más han crecido al amparo de esta desgracia (y completan el porqué de tanto pescado): las granjas marinas. Con un desarrollo tres veces superior al de la agricultura, del 35 al 40 por ciento del pescado (y casi todo el salmón que comemos) y los crustáceos que se venden en el mundo vienen actualmente de esas granjas líquidas. Enormes jaulas de agua en medio del mar que pueden contener millones de peces que crecen prácticamente inmóviles en aguas que se pudren producto del hacinamiento. Los ojos de estos peces estallan en sangre mientras sobreviven entre parásitos y bacterias. Entre otras porquerías se los alimenta con maíz, y se les suministran antibióticos, alguicidas y tranquilizantes. Las costas que albergan estos emprendimientos se vuelven lodazales, los peces salvajes de zonas aledañas o se mudan o se mueren. Así como están las cosas, “imaginen que les sirven un plato de sushi: si ese plato contuviera todos los animales que murieron para hacerlo, el plato debería medir 1500 metros”, escribe Jonathan Safran Foer en Comer animales (Seix Barral). En este libro de reciente edición en Argentina, Safran Foer recorre el terrible camino que siguen dentro de las granjas industriales no sólo los peces sino todos los animales que van a parar a nuestro plato y cómo eso ha modificado la vida del pescador y el granjero, de las aguas y de la tierra, a la vez que empobrece la comida mientras pone en riesgo la salud del mundo entero.

Comer animales generó debates en todos los países en los que fue presentado y sirvió para volver la atención sobre la inmensa producción de libros, películas y documentales que en los últimos años se arrojaron a desentrañar cómo se producen en la actualidad los alimentos. “La industria no quiere que se sepa lo que estamos comiendo porque si lo supiéramos tal vez no querríamos seguir comiendo.” La frase aparece al comienzo del documental Food Inc. y resume el propósito detrás de cada una de estas investigaciones: correr el velo y descubrir qué hay detrás de esta industria que factura 140 mil millones de dólares al año y ocupa un tercio de la superficie del planeta.

EL OTRO LADO DEL PLATO

Para dimensionar el fenómeno de producción cultural alcanza con intentar recopilarla: en el área de los documentales hay novedades semanales (hablando por supuesto no sólo de películas sino de cortos, animaciones y documentales para Internet). Sólo acotando la elección a los que tienen extensión de película, hay decenas. De 2005 hasta hoy se pueden encontrar desde clásicas deconstrucciones de la realidad alimentaria (un recorrido bastante simple sobre cómo llegamos hasta acá y cuál será el desenlace de no producir un cambio) como la famosa Food inc. o la más reciente Fresh –sobre los sistemas alternativos de producción de alimentos–, hasta joyitas como The Future of Food que devela los peligros –de salud, de medio ambiente y hasta de independencia de los Estados nacionales– detrás de los alimentos genéticamente modificados. Otras como Dying in abundance, que muestran la desalmada especulación financiera que se hace alrededor de los granos en los mercados bursátiles. También intentos de concientización más artie como la alemana Our Daily

Bread que, sin más recursos que una cámara quieta y un micrófono, reproduce las imágenes y los sonidos de este cruel sistema moderno: sólo la imagen y el sonido de pollos recién salidos del cascarón que de a cientos son arrojados como piedras al galpón en el que seguirán creciendo o a la basura porque no nacieron con las condiciones exigidas, es escalofriante. Sólidas investigaciones periodísticas como la francesa El mundo según Monsanto (que recorre la historia de la ominosa compañía que es dueña de la mayoría de las semillas del mundo y consigue acallar a quienes osan iniciarles demandas por problemas económicos, ambientales o de salud), y la inglesa The end of the line: documental sobre la pronta extinción de la fauna marina que advierte sobre aguas sin peces libres en las próximas décadas. También Got the Facts on Milk?: un viaje por las entrañas de la industria láctea y sus siniestros métodos –como vacas con ubres veinte veces más grandes a fuerza de inyecciones de hormonas– para aumentar la producción.

Las crónicas y denuncias periodísticas, por su parte, también se suceden descubriendo para el lector interesado un sinnúmero de aberraciones cotidianas. Hay periodistas especializados en comida que dejaron de hablar de tendencias gastronómicas y se volvieron activistas presentando interesantes campañas, como Hugh Fearnley-Whittingstall de The Guardian, que promovió un petitorio para frenar el descarte de 70 millones de peces que son devueltos muertos por año al mar y que en estos días está trayendo curiosos debates en la Unión Europea (¿está bien regalarles a los pobres el pescado que “sobra”? Si se paga a los pescadores por esas especies cuya pesca innecesaria pone en peligro el ecosistema, ¿no se comenzará a alentar la pesca de animales exóticos o en extinción?). En esa línea de denuncia se mueve también Michael Pollan, escritor del New York Times (con libros como El dilema omnívoro y Food Rules: An Eater’s Manual), que ha utilizado las páginas de ese diario para escribirle directamente a Obama instándolo a modificar un sistema agrícola que sólo beneficia a las grandes corporaciones. “Hay que promover un consumo ético”, dice Pollan, quien no es vegetariano como Safran Foer, e impulsa fervorosamente la ingesta de carne siempre y cuando no provenga de granjas industriales.

Con toda la información que circula, surgen y se nutren movimientos que no son nuevos pero sí cada vez más masivos: carnívoros selectivos y consumidores de carne ética como Pollan (personas que comen sólo sabiendo cómo fue criado y muerto el animal en cuestión), vegetarianos que no comen transgénicos, veganos (que no comen nada de origen animal) y freegans (“veganos libres” o anticonsumistas, que sacan su comida únicamente de las bolsas de basura de los ricos).

Pareciera que una vez que se aborda cualquier asunto alrededor de la comida no hay espacio para la indiferencia. Pero lo más interesante del suceso no es la cantidad de voces que se levantan, sino cómo entre todas logran devolverle visibilidad a un tema tapado a medida que el mundo adoptaba este sistema agroindustrial. Productores en bancarrota por asumir los costos de la bioctecnología y pueblos enteros intoxicados con agroquímicos. Personas que consideran inmoral que el 50 por ciento de los granos que se cultivan sean utilizados para alimentar a animales (que a su vez sólo alimentan a una pequeña porción de la humanidad) y que 100 millones de toneladas anuales de granos sean usadas para crear biocombustibles (un hecho condenado por Jean Ziegler, de la ONU, como crimen de lesa humanidad). Científicos que alertan sobre el consumo de transgénicos, consumidores enfermos o parientes de víctimas directas de la comida y ambientalistas con una denuncia cada vez más atendible: el sufrimiento al que son expuestos miles de millones de animales criados bajo las condiciones más sádicas con el fin de optimizar el tiempo y maximizar las ganancias de las compañías.

LA COMIDA QUE MATA

Soja, maíz, sorgo. Los cereales han aumentado su producción en cantidades aún mayores que los animales. Son tantas las hectáreas que tienen sólo diez empresas semilleras y agroquímicas, que si sumaran sus tierras dispersas y decidieran constituirse como país, serían el más grande y poderoso. Si bien la propuesta con la que han ido avanzando a lo largo del mundo desde su aparición tuvo que ver con paliar el hambre generando cultivos invencibles ante las plagas, lo cierto es que desde la Revolución Verde en los años ’60 hasta hoy se duplicó la producción mundial y el hambre continuó su avance. Los transgénicos no sólo no tienen genes que los vuelvan más ricos en algún nutriente (como se dijo algún día que ocurriría) sino que cada día están más sospechados y relacionados con alergias, enfermedades del sistema inmunológico, nervioso y endocrino y otras patologías. Los alimentos procesados están llenos de rellenadores económicos sucedáneos de la soja como la lecitina o endulzantes como el jarabe de alta, fructosa proveniente del maíz; conocidos como “anti nutrientes”, son responsables entre otras cosas de los altos índices de obesidad y diabetes que hay en las ciudades desarrolladas.

Estos cultivos que ocupan todo también afectan la biodiversidad. De las mil variedades de papas que había en el mundo, actualmente se cultivan intensamente cuatro. De los siete mil tipos de manzanas que nutrían la imaginación del siglo XIX, quedan las cuatro o cinco que se suelen ver. El 97 por ciento de la variedad de vegetales que había al comienzo del siglo XX se extinguió. Los campesinos o pequeños productores independientes desaparecieron o se volvieron empleados de esas grandes compañías. En India, más de 200 mil deudores desesperados (¡200 mil!) que ya no tenían cómo afrontar las deudas a las que se vieron expuestos desde que las multinacionales empezaron a cobrarles por sus semillas, se suicidaron.

En la expansión verde, las vacas se trasladaron del campo a los feedlots, los cerdos de sus chiqueros a galpones de engorde intensivo y los pollos a cámaras oscuras de crecimiento acelerado. La vida de los criadores y la calidad de todos estos alimentos se han empobrecido cuantificablemente: la carne de hoy es más rica en grasas saturadas y remedios. El cambio en sus dietas y los espacios cerrados en donde se hace vivir a los animales cubiertos por sus propios excrementos volvió el terreno propicio para la aparición de virus y bacterias nuevas, o viejas pero mutadas. Es tal la cantidad de antibióticos que se les aplica para que aguanten y sobrevivan y que luego consumimos nosotros en forma de carne que las enfermedades en humanos se han vuelto cada vez más resistentes. Escherichia coli, salmonella, gripe aviar y gripe porcina son riesgos que se relacionan directamente con las granjas industriales. Y la obesidad avanza, y el cáncer avanza y los problemas cardíacos y la infertilidad y una larga lista de etcéteras. Si bien la mayor responsabilidad de este desbarajuste recae en países como Estados Unidos y China, no hay sociedad que esté exenta de sufrir las consecuencias.

¿Existe el modo de salir de esto o la fecha de vencimiento de la humanidad está escrita en letra invisible sobre cada tiquet de supermercado? Uno de los fenómenos más llamativos en la proliferación de estos documentales y libros es que, pese a todo, subyace la esperanza. Porque hay quienes ven en el colapso las semillas del cambio: un modo de leer el presente compartido también por los que en estos meses copan las plazas del mundo protestando contra este sistema tan injusto. Se trata de barajar y dar de nuevo para recuperar las pequeñas producciones locales, redistribuir el consumo globalmente, resignar un poco de confort o del gusto entre los que vivimos en sociedades desarrolladas (disminuir el consumo de carnes, por ejemplo, sería un primer paso) y alentar los nuevos movimientos que surgen en beneficio de las personas y los ecosistemas. Así como estamos hoy, en el tiempo que toma leer esta nota, siete mil personas más están entre nosotros. Si no nacieron en un país en guerra, si llegan a sortear el hambre y la pobreza, si pueden crecer hasta elegir y cuentan con una sola herramienta para seguir adelante, ésa debería ser la información para saber qué es lo que están comiendo, cuál es su origen y el proceso que atravesó antes de llegar a su plato, para no ser uno más de los tantos que sin saber juegan en cada comida a la ruleta rusa.

martes, 8 de noviembre de 2011

Respeto y diferencias

Hace algunos meses que se vienen juntando firmas a favor del parto domiciliario. Entre tantas otras cosas, se pide considerar la libertad de elegir, se pide respeto.
También se está movilizando mucha gente para combatir el maltrato obstetrico, porque las mujeres por parir y los bebes por nacer tienen derecho a ser tratados de forma amable, cariñosa y respetuosa.
Entre las cosas que nosotros buscamos para la crianza de nuestro cachorro es que lo respeten como ser individual.
Durante años me sentí combatida al decidir no comer carne. Era mi decisión, por gusto, por opción, muchos se sentían nunca-entendí-porque-mal y me atacaban, pasando por alto mi derecho a elegir.
Una de mis grandes amigas inició los trámites de adopción, junto a su marido. Ella en poco tiempo se encontró con una cantidad enorme de comentarios que discriminan su decisión y no la respetan.
Con el nombre de nuestro cachorro, una persona a la que apenas conocíamos nos dijo con la mejor desubicación "le arruinaron la vida".

En algunas situaciones pedimos que nos traten con el respeto que merecemos. En otras lo exigimos. Otras tantas veces, lloramos en privado las faltas de respeto hacia nuestras decisiones, nuestros gustos.

Creo que el respeto de pide y se enseña. Y que la sociedad en la que vivimos lo perdió. Si, creo que perdió todo el respeto que podía tenerle a muchas cosas. No se respetan las normas de tránsito, no respetamos a nuestro prójimo, no respetamos a las otras formas de vida. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar la diversidad? No solamente somos diferentes por características físicas, también lo somos por nuestros pensamientos y gustos.

Mi mamá toda mi infancia me repitió que cada uno era importante y diferente. Y que eso era valioso. Para mi todo ser vivo es importante y debe ser respetado.

El respeto es entender las decisiones del otro. Nos gusten o no. Hablando de decisiones coherentes con la convivencia, claro. Cada quien es dueño de si mismo. Cada uno debería tener la libertad de poder expresar cómo es.

Tal parece que cada vez más en nuestra sociedad esto está mal visto. Si decidís por vos mismo, los demás te sienten equivocado, te combaten, quieren que vuelvas al rebaño. No entienden tu decisión, no la respetan, se burlan, te dan discursos angustiantes y amenazantes "por tu bien", te exigen cambiar o te tratan de loco. ¿Es realmente tan difícil entender que el otro es otro?

Soy vegetariana, usamos fular, no queremos un mega cochecito de bebe, usamos pañales lavables, mi hijo tiene un nombre quechua, no quiero tener un auto, estamos armándonos una huerta, hacemos compost, hago las compras y llevo mi bolsa o el changuito, hay productos que no consumimos, no vemos la tele, me gusta vestirme de colores, me gusta hacerme la comida... soy diferente, igual que cualquiera de ustedes. Creo que es un lindo ejercicio diario ver las diferencias y valorarlas. Aceptarlas y respetarlas.


Les dejo para que disfruten una canción de Georges Brassens "La Mala Reputación"

domingo, 23 de octubre de 2011

Comida no-ñuñu

Mi cachorro desde hace algunos meses que prueba el sabor de diferentes frutas. Se las ofrecemos asegurandonos que no se van a desprender trozos, o fibras cuando la succione. Todo lo que le dimos a probar, que no fue mucho, pero si algo, le a resultado gustoso.

Si bien ya tiene los meses en los que los pediatras tradicionales recomiendan dar la primera papilla, aun no le hemos ofrecido nada triturado para que pruebe. Aun no cortó ningun diente. Igualmente seguimos ofreciendole trozos de frutas para que saboree. Bueno, esta semana nos sorprendió. Le dimos pera y le gustó y se emocionó. Tanto que al querer retirarle el trozo, nos retenía la mano. Claro, que con tanta succion, la jugosa y suave pera se deshizo en su boca. Lo magnifico fue verlo masticar estos pedacitos con una sonrisa de felicidad! Nos maravillamos. Nos sorprendimos. Estaba alimentandose por primera vez de algo "no-ñuñu". Bello y dulce momento!! con qué rapidez crece!!

[La segunda parte en hammmm... que rico!]

viernes, 7 de octubre de 2011

Veggi bb

Hoy comencé a leer el libro del Dr Jorge Diaz Walker "El bebé vegetariano"...

Yo fui vegetariana ovoláctea por más de 12 años. Comencé un día sin demasiado esfuerzo y por esas cuestiones extrañas, después de tanto tiempo, un día reincorporé algunas cosas a mi dieta.

Ahora el planteo es cómo alimentar al cachorro, cuándo comenzar a hacerlo, con qué... muchos temas se mezclan... Creo que todo lo que leo en esta época me esta abriendo caminos hacia nuevos lugares, más concientes, más amorosos, más de autoconocimiento y convicción.
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