
Así que en aquella cena yo andaba con mi super panza y así sin mucho comentario a la hora indicada cortamos la luz, y yo comencé a prender velas por todos lados. Mi papá medio horrorizado imploraba por la electricidad, excusándose en que si no veía el asado le salia mal. Mi mamá lo tomaba como una de mis extrañezas, y la mamá de mi compañero estaba entre sorprendida porque no sabía nada de este evento mundial y asombrada porque la mantuvimos a la luz de las velas toda la picada. Fue una hora un poco mas silenciosa, mas íntima, reservada... cosas de la magia de las velas.
Yo me sentí bien, porque de alguna manera ese momento sin luz, que para mí significaba sencillamente difundir que es necesario un cambio de conciencia era transmitido a otras personas. O sea que realmente estaba llegando a alguien, porque la verdad es que nadie se entera si yo desconecto la luz de mi casa en medio de la ciudad.

Bueno, este año ya no tengo la panzota pero estoy con mi cachorro.
Ahora sin otros mayores vamos a apagar la luz por una hora, de 20.30 a 21.30hs, y jugar a la luz de las velas con él, juntos en familia. La idea es darle un respiro a nuestro planeta, buscar la manera de que como sociedad realicemos un cambio porque así como venimos cada vez complicamos más nuestra supervivencia. Es un acto tan sencillo, que puede lograr tanto. Tan fácil como cerrar la canilla si no uso el agua o salir de compras con nuestra propia bolsa. Pequeños cambios, acciones locales, cosas que se pueden hacer y que si las sumamos, hacen muchisimo. Tanto como que muchos granos de arena forman una playa.