miércoles, 28 de noviembre de 2012

tanto atragantado

entradas por la mitad
entradas pensadas y repensadas
entradas que no escribo a su debido tiempo
tengo tanto atrasado que el blog es lo ultimo que hago
es mi descargo y no me da el tiempo
ahora mismo, pese a estas breves palabras, me quiero ir a dormir,ya!
esto también es ser mama, el cansancio y las corridas
pero también es lo otro, es hoy a la mañana decir "amor, es temprano, mami quiere dormir un ratito mas"y que una manito se apoye en tu espalda y te tararee dulce "nonononono no nonononono noooooo" mientras te da golpecitos suaves

Disfruten a sus cachorros en este mismo instante, no mañana, no el fin de semana, HOY! El tiempo no para y ellos no dejan de crecer

Buenas noches

martes, 13 de noviembre de 2012

La vida intrauterina y la epigenética

Publicado el 08-11-2012
Por Tenemos tetas
para El Club de las Madres Felices

Durante siglos se ha creído que los bebés y los fetos no tenían sentimientos, no tenían memoria y que, ni siquiera, sentían dolor. Esto sólo es posible en una civilización como la nuestra, patriarcal, con un punto de vista masculino y fuertemente acorazada ante las emociones, porque ninguna madre bien conectada con su cría habría podido creer jamás semejante desvarío.

No obstante, desde hace ya años, los experimentos psicológicos y neurocientíficos han derrocado el mito de que los fetos no puedan recordar ni aprender. Como resume el biólogo Bruce H. Lipton en su libro La biología de la creencia (2005), el sistema nervioso del feto y del bebé en formación posee un amplio repertorio de capacidades sensoriales y de aprendizaje y, por supuesto, almacenan experiencias en su red neuronal y en su memoria celular, que se van configurando según las experiencias vividas.

Del culto a la genética, hoy se ha avanzado hacia la epigenética: el ambiente en que el bebé se desarrolla influye desde el momento de la concepción sobre los genes que se activarán o no en la descendencia de cada familia. En otras palabras, los niños necesitan un ambiente favorable para activar los genes que les proporcionarán un desarrollo saludable.

El útero materno es el primer hábitat de todo ser humano. Mientras el bebé se forma allí, se nutre de la misma sangre de su madre, donde abundan hormonas del placer y de la felicidad (como la oxitocina) o, por el contrario, pueden abundar las hormonas del estrés y el miedo (el cortisol y la adrenalina). Tal como la neurociencia ha demostrado, si el cerebro del bebé (antes y después de nacer) se configura rodeado de cortisol y adrenalina, sus redes neuronales se configurarán para la auto-defensa y la violencia. Parece útil que a las embarazadas y puérperas no nos hicieran solo controles de glucemia o de hemoglobina, sino también de los niveles de cortisol que llevamos en la sangre.

El doctor Peter W. Nathanielsz, especialista en investigación del embarazo y del recién nacido, explica que “cada vez son más las pruebas que demuestran que las condiciones del útero tienen tanta importancia como los genes a la hora de determinar cuál será el desarrollo mental y físico durante la vida”.

Tales verdades científicas siguen susurrándose muy bajito, porque  algunos lo interpretan como una “culpabilización de las madres”. Para mí, en cambio, es mucho más sencillo: toda la sociedad es o debería ser responsable de optimizar el bienestar de las madres. Una sociedad preocupada por el cuidado y la protección de los niños desde el momento de su concepción, incluiría el bienestar emocional de sus madres, y por tanto, de todos sus miembros,  hombres y mujeres, que hemos de cuidarnos unos a otros.

Comprender los “milagros” de la gestación y la vida intrauterina, del parto, de la lactancia y de la primera crianza –lo que se ha dado en llamar la “etapa primal” –, nos lleva necesariamente a imaginar una sociedad diferente, construida no en función de las cadenas de producción, sino en función de las redes de sostén de la vida, de la felicidad y del bienestar, del potencial del desarrollo humano.

Envuelto en su burbuja de agua amniótica, cada bebé disfruta de la música, la danza, la alegría, la salud, el optimismo… de su madre, de su padre y de las voces y los cuerpos que le rodean. Su confianza en la vida y en el mundo, se inicia allí.

lunes, 12 de noviembre de 2012

La madre realmente moldea el cerebro del bebé durante el primer año de vida

El estadounidense Allan Schore, referente en desarrollo temprano del cerebro, expuso en Montevideo

 

  Cada vez se oye más hablar de la noción de apego durante los primeros años de vida de un niño. Esa palabra que puede sonar abstracta es, según los expertos, la clave del desarrollo de la parte del cerebro que posibilita la empatía. Allan Schore, un referente internacional en este tema, lo pone así de sencillo: “la relación de apego entre la madre y el hijo le da forma, moldea el lado derecho del cerebro”. Schore estuvo en Montevideo para brindar una serie de conferencias organizadas por la ONG Atención y desarrollo a la temprana infancia y su familia (ATI) y apoyadas por el Ministerio de Educación y Cultura. El rol que tiene la madre en el futuro emocional de su hijo, la participación del padre, y lo que le espera a alguien que no disfrutó de una relación de apego, fueron algunos de los temas que conversó el experto con El Observador.


Quienes trabajan en la neuropsicología en Uruguay hoy entienden que usted desarrolla un modelo de salud mental infantil particular. ¿En qué consiste?

Déjeme decirle antes que hay un gran interés de los medios en neurociencia hoy. En los últimos 10 años ha habido una gran explosión en el estudio del desarrollo temprano del cerebro. Y lo que hemos descubierto es que el desarrollo temprano, tanto durante el embarazo como después del nacimiento, tiene efectos en lo que sucede después, no solo en términos de bienestar emocional, sino también en lo que refiere al desarrollo de desórdenes psiquiátricos. Durante el primer año de vida no hay comunicación verbal: es todo emocional. Esto era terreno desconocido para la ciencia, que no sabía cómo abordarlo, pero gracias a la tecnología se pudo estudiar el cerebro del niño y de la madre.

¿Cuál ha sido su aporte?

Mi trabajo en los últimos 20 años ha sido la integración de la biología y la psicología. En esencia, mi trabajo cruza las fronteras entre ambas. En particular, hago foco en el lado derecho del cerebro. El lado izquierdo, que es el que desarrolla el habla, no entra en funcionamiento hasta el segundo año de vida. En cambio, todo lo vinculado al apego se desarrolla durante el primer año. La idea esencial es que la relación de apego entre la madre y el hijo le da forma, moldea el lado derecho del cerebro. Hay una herencia genética natural, pero el entorno social y afectivo va tallando, como una escultura.

¿Qué funciones se encuentran en el lado derecho?

Está involucrado en los procesos emocionales. Es el que permite llegar a casa, mirar a los ojos al otro y saber que algo anda mal. Las expresiones faciales, las sonrisas, la tristeza, el tono de voz. Allí está la habilidad de entender el estado emocional, lo que pasa por la mente o las motivaciones que tiene la otra persona. El punto más importante en este sentido es la comunicación no verbal, de cerebro derecho a cerebro derecho, que se da entre la madre y el niño. Al mismo tiempo que esto ocurre, el cerebro del bebé está doblando su tamaño, y en esto incide el apego.

¿Cómo debe hacer la madre para alcanzar el nivel adecuado de apego? ¿Cómo puede estar segura de que está haciendo bien las cosas?

Es un aprendizaje que no tiene tanto que ver con ‘hacer’ sino con ‘ser’. ¿Cómo transmitirle la empatía? Siendo cuidadosos y atentos; poniendo al bebé en el primer lugar, siendo abiertos, genuinos, y estando disponibles emocionalmente. Y también ayuda si hay una relación fuerte entre la madre y el padre. La clave es esta sofisticada forma de relacionamiento. El foco no es racional sino emocional. Es la habilidad de la madre de leer la mente y el cuerpo del bebé. Ella tiene la capacidad de aliviar la tensión del bebé, de calmarlo, de regular su estrés, pero también incide en su disfrute y entusiasmo. Es decir, no solo puede escucharlo, sino también regular sus emociones. Ella puede cambiar su conducta. Además, el apego otorga al bebé una sensación de seguridad.

¿Y qué rol tiene el padre en esto?

El padre entra un poco más tarde. El primer apego es con la madre. Después, en el segundo año de vida, el bebé tenderá un lazo también con el padre. El bebé tiene distintas relaciones con sus padres: la madre es la que lo calma, mientras el padre tiene un vínculo más enérgico y le enseña a explorar. Hoy tenemos evidencia de que la madre realmente da forma al lado derecho del cerebro, pero el padre también incide. Y es más que un efecto psicológico: el crecimiento del cerebro está influido por esas relaciones.

¿Qué sucede con quienes no tuvieron ese apego?

Justamente, no estudiamos solo el desarrollo normal, sino también el que lleva a desórdenes psiquiátricos o psicológicos. La que está en juego es especialmente la habilidad del lado derecho del cerebro de regular el estrés. Es importante que el niño sepa que el otro está emocionalmente disponible para él. En ese sentido, los desórdenes psicológicos tienen raíz en el desarrollo temprano del cerebro. Entonces, ¿qué pasa si hay abuso o negligencia? Bueno, por eso es muy importante que haya programas de prevención temprana, que sé que en este país los hay.


Allan Schore
investigador en neurociencia
profesor de psiquiatría en la universidad de california

Schore es valorado a nivel mundial por la integración que logró en las distintas disciplinas. Él dice que en sus teorías hay dos referentes indiscutibles: Charles Darwin en lo que tiene raíz biológica, y Sigmund Freud en el campo de la psicología. Actualmente se encuentra trabajando en la aplicación de la neurociencia. Por ejemplo, cómo utilizar el conocimiento del apego en la psicoterapia, o cómo aprovecharlo a nivel judicial para decidir sobre adopción o divorcio.

Fuente: El Observador 12/11/2012

sábado, 3 de noviembre de 2012

Una sociedad que no cuida a sus hijos

Esta vez no escribo yo, a raiz de una foto del matrato hacia los bebes dejados en una guarderia de la patagonia, surge esta interesante reflexion de Fernanda Sandez y publicada en La Nacion el 23 de octubre pasado.

Hay, en la foto, dos bebes: uno, de plástico; otro, de verdad. Aunque de no mirar con la debida atención los dos podrían ser lo mismo. La foto fue tomada en la guardería La Hormiguita Viajera, de Comodoro Rivadavia, un lugar no habilitado como tal y donde el personal -se supo luego- maltrataba a los chicos con golpes, tirones de pelo, ataduras y mordazas. La foto fue la que detonó todo y muestra lo que parecen ser dos muñecos, uno desnudo y otro vestido. Uno acostado, mirando la nada, y otro, el de verdad, sentado y amordazado. Mirando, también, la nada.

A veces una imagen cuenta un mundo. Y si la niña del Napalm (esa que escapaba desnuda de su aldea en llamas) contó la Guerra de Vietnam mejor que cualquier informe periodístico, los dos bebes de la foto dicen sobre la relación que tenemos con nuestros niños más de lo que estamos dispuestos a soportar. Porque adoramos creer que los mimamos "en exceso". Que ellos, "nuestros" chicos, tienen más de lo que podrían desear. Sin embargo, cada tanto una noticia como ésta raja al medio el decorado y expone las bambalinas de esta sociedad supuestamente paidocéntrica en la que nos gusta pensar que vivimos. Esa en donde los niños son los primeros y los únicos privilegiados.

Algo es real: nunca la niñez (cierta niñez, de ciertos sectores sociales y en ciertos países del mundo) ha sido tan celebrada como hoy, con derechos y hasta día propios.

Algo también es real: nunca tuvimos menos tiempo -ni menos energía- para gastar con ellos. A nuestro rescate vienen entonces las versiones 3.0 de la niñera electrónica: las consolas de juego, las tabletas, los sitios de Internet en donde nuestros hijos tienen amigos pingüinos y amigos dragones, y aprenden a divertirse sin molestar demasiado. Aunque nadie se atreva a decirlo en voz alta, una de las razones del brutal éxito de los dispositivos de entretenimiento es nuestro inconfesable deseo de volver a ser nulíparos por un rato.

Pero, acabada la diversión, llega la hora de pagar por ella. Y la sociedad moderna se ha encargado también de proveernos de "soluciones" que nos permitan ser -además de profesionales eficientes- también padres eficaces. Capaces incluso de compactar ese primer tiempo de nido y de contacto con un recién nacido a su mínima expresión, para volver cuanto antes a la faena. Niñeras, "señoras", guarderías y jardines maternales forman hoy parte del abanico de ayudas de la maternidad prorrateada, para la que resulta más natural -más aceptable- volver a marcar tarjeta al mes y medio de haber dado a luz que permanecer empollando. Nuestra común condición de engranajes dentro del sistema productivo así lo exige, y lo aceptamos. Todo será cuestión entonces de cerrar los ojos y dejar al bebe de un mes y medio en un dormitorio con veinte cunas más. O de remolcar -a todo puchero y pataleta- a un nene de apenas un año hasta el jardín Los Patitos Felices. Después, a confiar. A pedir que en el país de Cromagnon, del desastre del ferrocarril Sarmiento y de los controles ausentes la guardería de nuestros hijos sea la excepción. En definitiva, a cruzar los dedos. A hacer de la maternidad un peligroso acto de fe.

En la Argentina existen un Observatorio de Femicidios y un Observatorio del Encierro, pero no un Observatorio del Maltrato Infantil en jardines y guarderías. De existir algo como eso, sabríamos que el bebe amordazado es apenas el último de una serie de casos similares. Sólo nos queda, pues, pedir que el jardín de nuestros hijos no sea el de Chubut, pero tampoco el de Laferrère al que se denunció por "tormentos" en marzo de este año, ni ese de Berazategui en donde el profesor de música jugaba a la "escondida sucia" con nenes de cinco años, ni ese otro de San Pedro en donde una nena contó haber sido "colgada de los pies" por su seño, ni tampoco aquel de La Plata en donde en la orina de tres chicos se detectaron tranquilizantes.

Lo dicho: se impone un acto de fe.

"Peor era antes", comenta alguien. "A los chicos los tenían todo el día fajados y no se podían mover." Es verdad, pero cada época tiene sus espantos particulares, y ésta no es la excepción. Porque alcanza con abrir un poco los ojos para notar cómo -detrás de la exaltación de la infancia y la entronización del pelotero- subyace un nivel de desamparo atroz.

"Les tuve que explicar a unos padres que no pueden dejar al nene doce horas acá", se queja la directora de un jardín maternal.

"La mujer que cuidaba antes a mis nietos les decía que se bañaran solitos. Pero que después la cola y todo eso se lo lavaba ella", cuenta, todavía espantada, Martha, la abuela de tres nenes abusados por la mujer que los cuidaba en su casa.

"Les pedimos a los papis que por favor revisen las mochis de sus nenes antes de traerlos al jardín", rezaba la nota. Días antes, alguien había olvidado accidentalmente sus antidepresivos en la mochila de El Hombre Araña de su hijo de salita de cuatro.

Raros tiempos: decimos querer a niños a los que no dudamos en dejar por horas al cuidado de extraños. A niños de los que algunos padres se despiden con un beso a la madrugada y recién vuelven a ver a la noche, ya dormidos. Entre medio de esos dos besos, los chicos pasan de la papilla a la comida, de la cuna a la sillita. Aprenden a caminar, a jugar. A hablar. Se hacen amigos. Y entienden que, para compartir con sus padres todos esos descubrimientos, habrá que esperar con suerte al final del día. Con menos suerte, al fin de semana.

Raros tiempos, en especial para las mujeres. Porque con la misma insistencia con la que el mandato social las presiona para que sean madres, primero, y para que sean "buenas madres", después, también se les exige no abandonar sus vocaciones. Pero -y ésta quizá sea la parte más enloquecedora del asunto- todo a su alrededor está armado para la disyunción. Para que renuncie a su profesión y se dedique a sus hijos o para que se vuelque de lleno a su carrera y abjure de la maternidad. O para que, como la mayoría de nosotras, se trepe a la cuerda floja que media entre una y otra cosa y pague en salud mental y física el precio del equilibrio. ¿Y los padres? Bien, gracias. A ellos la sociedad ni siquiera les hace este tipo de planteos.

En países como Suecia o Noruega -a los que suele citarse como ejemplo de desarrollo social y avances en materia de derechos- el nacimiento y la crianza son tema de Estado, y por eso existen políticas específicas para proteger a la nueva familia. Hay licencias maternales y parentales de casi de dos años en un país, de un año entero en el otro. En la Argentina todo es mucho más veloz: habrá que volverse mamá -y pasarle la posta del cuidado a alguien más- en sólo noventa días.

En efecto, a excepción de algunas legislaciones provinciales (como la de Corrientes) y sólo para algunas trabajadoras (las estatales), la maternidad es tratada como un tema estrictamente "personal". Y como tal se resuelve. Podríamos llenar libros enteros narrando los malabares a los que deben recurrir las madres -ni qué decir de las madres solas, de sectores populares o las dos cosas al mismo tiempo- para poder trabajar. De lo que lamentablemente se conoce bastante menos es cómo, en qué medida afecta a un chico -pequeño y no tanto- esa distancia emocional y física. Ese forzoso vacío de mamá en los momentos fundacionales, justo cuando la idea es estar a upa y al sol, no a oscuras y precintado.

Los niños nos instalan en la lógica del parpadeo: en un abrir y cerrar de ojos, ya son otros. Por eso, quizá ya sea hora de entender -como ya lo han entendido en otros países- que el tiempo de la llegada y el aterrizaje en el mundo es fugaz y decisivo. Embarazo, parto y crianza: la clase de cosas que no caben en una planilla Excell. Pero también la clase de experiencias que nos enfrentan con nuestras propias limitaciones y desnudan nuestra propia pequeñez y egoísmo. De todo eso nos hablan cada bebe y niño maltratado "en exceso". Como la chica del Napalm, los chicos de nadie nos gritan sin palabras la verdad detrás de tanto peluche y tanta consola. Molestan por lo que delatan: que la mordaza no está en sus bocas, sino en nuestros oídos. En nuestros instintos, nuestras intuiciones, nuestro corazón. En todo eso que vendamos colectivamente para poder seguir creyendo que vamos por el camino correcto.
© LA NACION.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Porteando ando

Imagen de Caserita.com
Hace un tiempo atrás, cuando supe que albergaba vida, me preocupé por averiguar cuál era el secreto del llanto de los bebés. ¿Por qué había pequeños que lloraban desconsoladamente y otros que no? ¿Qué diferencia tenían sus mamás? Ahí nomas recordé que los bebés de las "cholitas" no lloran, bah, nunca los escuché llorar en mis aventuras por el NOA, Bolivia y Perú. Los pequeños estaban siempre envueltos en esa tela, sobre la espalda de su mamá, calentitos y tranquilos.

No fue sencillo salir del estereotipo. Nadie sabe que hay otras opciones. Todos recomendaban cochecitos y sus accesorios, cada uno con sus ventajas e inconvenientes. Veía los costos y abría los ojos grandes, ¡no podía creer lo que valen!.

Mi prima querida, A.,  que vive en el exterior me dijo un día por chat "comprate un fular". Yo no tenía idea de que era eso. Y empecé la búsqueda...


Para buscar un fular primero tuve que aprender que era eso. Es sencillo, un fular es solamente una tela larga que se ata de maneras determinadas alrededor del cuerpo, permitiendo el contacto estrecho entre el bebé y quien lo portea. Hay un mundo de fulares, varía la tela, el tamaño, el color pero siempre es eso, una tela. Los modos de atárselo al cuerpo -o nudos- también van cambiando con el pasar de los meses, permitiendo cada vez posturas mas adecuadas y cómodas para ambos, bebé y porteador. Hay nudos para llevarlo con la misma postura que tenía en la panza, para llevarlo de ranita, en la cadera, en la espalda, para dar la teta... es genial! porque estas en contacto íntimo con el pequeño, sabes que necesita, cuándo se despierta, cuando tiene hipo, etc. mientras podes hacer otras cosas (leer, escribir, caminar, e incluso algunas tareas del hogar, como limpiar o hacer las compras). Cuanto más leía sobre las ventajas de este tipo de porteo, más me convencía de que esto era lo que quería.

Digamos que mi ser mamá se armó de a poco, con la lentitud que crecía mi panza, mientras yo iba leyendo y abriéndome lentamente a un mundo que siempre me fue ajeno y que ahora se me volvía realidad.


Así, en esta búsqueda, me dí cuenta de que los bebés que no son llorones porque están en contacto con sus figuras maternantes la mayor parte del tiempo. Son bebés de "upa", de mimos, de brazos. De esta manera se sienten seguros, confiados, satisfechos de olor, calor, latidos... se sienten como en la panza, muy a gusto y saben que están protegidos. Siempre hay alguien ahí para satisfacer lo que necesiten. ¿Por qué habría de ser diferente, si nacen tan indefensos?

Jean Liedloff fue una de mis lecturas, ella dice que los bebés viven en el ahora constantemente, para ellos no vale el antes o después. Si "el bebé que esta pegado al cuerpo de su madre vive el ahora en un estado de beatitud; en cambio el bebé que no está en contacto con el cuerpo de su madre lo vive en un estado de deseo insatisfecho en medio de un inhóspito universo vacío." Entonces, tristemente, los cachorros en los cochecitos, están solos, aislados, a la defensiva e indefensos. Yo no quise eso para mi cachorro. Entonces, mi extravagancia fue que un día me planté y dije "no quiero ningún cochecito, quiero un fular".

Nadie entendió nada.

Muchos insistieron e insisten con lo del carrito de bebé. Pero, la verdad es que nos pareció tan amoroso llevar al bebé tranquilo y cerca nuestro que nadie logró convencernos.

Los invito a que lo intenten .... ir por la calle mirando, oliendo y hablándole muy cerquita a su cachorro. ¡¡Es maravilloso ser mamá o papá canguro!!

El cachorro vivió sus primeros meses a upa. Incluso, intentaron de buena manera que usáramos algo mas "tradicional" y nos regalaron algunas de las mochilitas comerciales. La verdad, es que nos resultaron poco prácticas


La gran duda para todos, incluso para nosotros fue cómo aprender a hacer los nudos. Al principio parecen difíciles, pero después uno les va tomando la mano. Lo genial es que al buscar en YouTube aparecen un montonazo de videos que explican cada uno de los nudos en detalle. Todo esto, facilitó mucho el poder usar este elemento tan sencillo y básico que por esas cosas de la civilización tecnológica dejamos de usar.

Pero les decía que es un mundo, porque el fular es una de las tantas opciones. También está el mei tai, la bandolera, la quepina y la guagüita. Estos diversos modelos de portadores ergonómicos pueden adaptarse a las necesidades de cada dupla. Encima, son mas económicos que los que nos ofrecen tradicionalmente y más fáciles de transportar. A nosotros nos pasó que al ir cumpliendo los meses y acercarse al año, pasamos del fular al mei tai y así seguimos. El cachorro es dócil, amable y tranquilo. Sabe que ahí, cerca de su mamá o de su papá siempre está protegido. Todavía hoy, ya con mas de un año y mas de 11kg lo seguimos usando y él va feliz. Bueno, también debo reconocer que a mi ahora con tanto peso llevarlo adelante me cuesta, pero en la espalda vamos genial. Y como no tenemos auto propio, esta tela es mil veces más cómoda que los cochecitos tradicionales para usar el transporte público.

 
Si les intriga saber más, en este enlace hay una "guía práctica del Método Madre Canguro" de la OMS que comenta muchas de las ventajas de este porteo. Y se les interesa aun más, les dejo datos de bellas mujeres que fabrican y enseñan a usar alguno de estos portabebés. Son todos de Argentina, pero si buscan en internet van a encontrar en casi todos los países.

Cerquita mío
Soy mamá canguro
Mamá loba
Maminia
Mami kanguro
Ruka-kai
Lumma
Mei Tai portabebé

Y de final final un regalo, Lennon en uno de sus videos, mostrándose como papá canguro de su hijo Sean

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